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  Sección: "La Memoria de Desmemoria"

SAN MARTÍN CONFIDENCIAL
Su correspondencia con Tomás Guido 
1816 - 1849

Por Patricia Pasquali

Las cartas particulares dirigidas por José de San Martín a Tomás Guido, quien fuera su consecuente y entrañable amigo durante toda la segunda mitad de su vida, resultan de una importancia superlativa para penetrar en el pensar y el sentir íntimos del Libertador, los que mantuvo ocultos para casi todos quienes lo rodeaban.

En efecto, pese a su talante chispeante y locuaz de indudable sello andaluz, fueron excepcionales los individuos que lograron que San Martín se franqueara. Siempre guardó celosamente una cauta y prevenida reserva ante sus contemporáneos; en correspondencia con una actitud similar que la mayoría de ellos adoptaban para con él. Esa barrera autoimpueta, que impedía llegar al meollo de su cerebro y de su corazón sólo fue sorteada por tres personas que se ganaron plenamente su confianza: Goyo Gómez, Bernardo O'Higgins y el citado Guido. Los tres demostraron con su imperturbable lealtad al general que éste no se había equivocado en su selección amistosa. El primero fue la persona que conquistó antes que nadie su amistad apenas regresó al Plata en 1812 (tal vez contribuyó a ello la afinidad entre ambos emanada de su común filiación masónica), era el único al que San Martín tuteaba y al que le dirigía cartas que firmaba como "Pepe"; terminaría oficiando de apoderado de sus bienes durante su ostracismo. El segundo fue su compañero en la liberación de Chile, a través del cual ejerció una gran influencia en el país trasandino, lo que le permitió completar su plan continental llegando al Perú; más tarde sería el gestor del cobro de las cuotas atrasadas de la pensión y los sueldos que ése país debía al "Fundador de su libertad"; la estrecha relación entre ambos sólo se cortaría con la muerte del chileno en 1843. El tercero fue la mano derecha del general durante toda su campaña emancipadora, un colaborador imprescindible, sagaz y laborioso, desde 1816 hasta su partida de Lima en 1822, su gran confidente, a quien San Martín encabezaba sus cartas de la primera etapa llamándolo "Mi Lancero amado". Lo que cabe destacar es que de los tres, lo peculiar de Tomás Guido es que fue quien -según expresión del propio Libertador- tenía el "raro don" de hacerle romper el silencio y motivarlo para que escribiera "largos cartapacios", a pesar de su confesada aversión por el papel y la pluma. De esa especial capacidad deriva la riqueza de sus comunicaciones epistolares. Ellas -aproximadamente un centenar- se conservan encuadernadas en el Archivo General de la Nación, Sala VII, Fondo Tomás Guido, legajo N° 2007 (antes 16 - 1 - 1) y abarcan temporalmente el prolongado lapso que va del 28 de enero de 1816 al 9 de enero de 1849. Se han dado a publicidad muy fragmentariamente. Así algunas de esas piezas documentales integraron la obra Vindicación histórica. Papeles del brigadier general Guido 1817 - 1820, coordinados y anotados por Carlos Guido y Spano, editada por Carlos Casavalle en 1882. Otras más se publicaron en El Centenario del brigadier general Tomás Guido 1788-1888, libro salido de la imprenta de Tribuna Nacional en ese último año. Por otra parte, las contadas de esas cartas que se incluyeron entre los diez tomos de los Documentos del Archivo de San Martín, recopilados por la Comisión Nacional del Centenario en 1910 fueron impunemente seccionadas y hasta se llegó a modificar la redacción original: por ejemplo, si San Martín había escrito "todo se irá al diablo",expresión por demás frecuente en él, en la versión publicada se la trocaba por "todo se frustrará"; por supuesto lo mismo sucedía con sus manifestaciones subidas de tono: nos se podía admitir que el Padre de la Patria dijera "malas palabras". Pero si eso era sólo una cuestión de forma -aunque, por cierto, bien significativa-, lo más grave fueron las supresiones y cambios que afectan el contenido de sus cartas, llegando incluso a desvirtuarlo; tampoco faltan las omisiones de los juicios de San Martín -especialmente, los condenatorios- sobre otros protagonistas de su tiempo o de todo aquello que pudiera resultar demasiado íntimo, controvertido o escabrozo. Más tarde, cuando Ricardo Guido Lavalle publica en 1917 El general don Tomás Guido y el paso de los Andes utiliza el mismo material ya seleccionado por Guido y Spano. En cambio, unas pocas de las cartas aún no conocidas -esta vez, sin mutilaciones ni modificaciones- integraron el apéndice de la obra de Felipe Barreda Laos, General Tomás Guido. Revelaciones históricas, editada en 1942. Posteriormente, otros autores como Carlos Ibarguren, Ricardo Piccirilli, José Luis Busaniche, etc. utilizaron esa correspondencia para elaborar sus obras, citándolas parcialmente.

En consecuencia, se echaba de menos la publicación en forma integral y fidedigna de este inapreciable epistolario, lo que además de ser útil a los especialistas, es de gran interés para el público en general que podrá descubrir a través de su lectura al San Martín real, vivo, íntimo: el que no reprimía sus exabruptos, el que contaba cuentos o anécdotas con proberbial salero, el que se encandilaba con los "ojos mortíferos" de una mujer o encontraba muy "apetitosa" a otra ; el de la socarrona irreverencia anticlerical, el que ironizaba y gastaba bromas. Pero también se encontrará allí al estratega que identificó su vida con la misión libertadora que se propuso cumplir a todo trance y que llegaba al borde de la desesperación por la desconfianza que sentían por él sus paisanos, por los obstáculos que tenaz y sucesivamente se oponían a la realización de su plan de liberación continental, por las calumnias que tuvo que soportar en el curso de la Revolución al punto de tornarlo casi un misántropo. Por último, ya durante el tiempo del ostracismo voluntario que se impuso para no verse mezclado en nuestras endémicas luchas civiles, se podrá constatar su preocupación permanente por conservar a salvo la libertad de América convertida para él en "un tormento perpetuo"; sus juicios valorativos sobre Bolívar, Rivadavia, Rosas y tantos más; su lúcido análisis de la política europea y su seguimiento de los suceso políticos argentinos; su opinión favorable a la entronización de gobiernos "vigorosos; más claro: despóticos", mal menor frente a la anarquía que imposibilitaba la organización estable de los nuevos Estados hispanoamericanos, etc.

Se puede agrupar esa correspondencia en etapas históricamente significativas en función de las temáticas dominantes:

1a) El paso de los Andes (1816-1817)

Esta cuestión es tratada en una veintena de cartas. Se inicia cuando San Martín, al frente desde hace más un año en la gobernación intendencia de Cuyo con capital en Mendoza ,comienza a formar el ejército con el propósito de liberar a Chile de los realistas para luego pasar al Perú, cuya demorada realización parece más factible luego de la derrota que puso fin a la tercera campaña de los ejércitos revolucionarios al Alto Perú: "Nada me admira la pérdida de Sipe -Sipe, pero mucho que Rondeau no haya dicho al gobiermo me amolaron... Pero, mi amigo, )a qué atribuye V. estos repetidos contrastes? Yo creo que es a la confianza ilimitada o, por mejor decir, a nuestro orgullo". Por entonces, San Martín planeaba atraer a los enemigos con falsas noticias sobre el estado de indefensión en que se hallaba Mendoza para que cruzaran la cordillera y vencerlos en el propio terreno; pero la delación de un emigrado chileno, desbarató su proyecto.

En tanto, lo preocupa el creciente estado de convulsión interna que parecía haberse apoderado de las Provincias Unidas: "hablemos claro, mi amigo, yo creo que estamos en una verdadera anarquía o por lo menos una cosa muy parecida a esto. (Carajo con nuestros paisanitos! Toma liberalidad y con ella nos vamos al sepulcro. Lancero mío, en tiempos de Revolución, no hay más medio para continuarla que el que mande diga hágase y que esto se ejecute tuerto o derecho".

Su desesperación sube de punto cada día al ver que el gobierno no activa la expedición a Chile: "Cuando se emprenda, es tarde; V. crea mi amigo que yo estaba bien persuadido que no se haría sólo porque su Lancero estaba a la cabeza: maldita sea mi estrella que no hace más que promover desconfianzas". Se queja porque, además de no atenderse sus reclamos, se exprime a Cuyo extrayéndo sus recursos para otros fines: "a V. le consta que lejos de auxiliarme con un sólo peso me han sacado 6.000 y más en dinero que remito a ésa, que las alhajas de donativo de la provincia (entre las que fueron las pocas de mi mujer) me las mandaron remitir, como asimismo los caldos donados y que éstos últimos no fueron porque ya era demasiada paciencia". Y como atribuye la dasatención en que se lo tiene a que "San Martín -habla de él en tercera persona- siempre será un hombre sospechoso en su país" está resuelto a separarse del mando: "yo no espero más que se cierre la cordillera para sepultarme en un rincón en que nadie sepa de mi existencia; y sólo saldré de él para ponerme al frente de una partida de gauchos si los matuchos nos invaden". Y en medio de su desazón por el auge de la guerra fratricida ("yo no soy de opinión de emplear la fuerza, pues cada gota de sangre americana que se vierte me llega al corazón") y de su escepticismo acerca de que las autoridades accedan a verificar la expedición "o, por lo menos, si se hace será aventurada como todas nuestras cosas", se interesa por la reorganización de la Logia -de la que siempre habla eufemísticamente- una vez eliminada la influencia alvearista: "Dígame V. con franqueza cómo va el Establecimiento de Educación en ésa, pues yo temo que si no se dirige bien, no prospere este utilísimo establecimiento". Poco después dirá: "Mucho me alegro que el Establecimiento de Matemáticas progrese, si éste está bien establecido las ventajas serán ciertas". Se halla un tanto más entusiasmado por el vuelo que ha cobrado la guerra de zapa en el país trasandino y ocupado en la confección de planos de la cordillera "para no marchar como siempre sucede a lo hotentote, sin tener el menor conocimiento del país que se pisa sino por la relación de gauchos". Celebra que se haya designado director provisorio a Antonio González Balcarce, al que llama "Marquetero Mayor", sin duda porque ha quedado en virtud de su cargo a la cabeza de la Logia. Se muestra disconforme de la capacidad militar de Las Heras, lo que dará origen a una sorda desavenencia entre ambos nunca superada. Continúa advirtiendo sobre las consecuencias fatales que puede ocasionar la demora de la expedición y revela que el "objetivo principal" de la misma es llegar al Perú. No son recursos los que faltan sino amplitud de miras: "Amigo mío, hasta ahora yo no he visto más que proyectos en pequeño (excepto el de Montevideo), pensemos en grande y si la perdemos sea con honor" y por lo tanto detalla un severo plan de emergencia económica para salvar la revolución: "Estoy viendo a mi Lancero que me dice: qué plan tan sargentón el presentado; yo lo conozco que así es, pero peor es que nos cuelguen [...] ojálá tuviésemos un Cronwell o un Robespierre que lo realizase y a costa de algunos menos diese la libertad y esplendor de que es tan fácil nuestro suelo".

A mediados de 1816 avanzan sus preparativos, mientras desestima el peligro del avance de Pezuela por el norte; es otra cosa lo que le quita el sueño: "amigo mío, V. crea que lo que no me deja dormir es, no la oposición que puedan oponer los enemigos, sino el atravesar estos inmensos montes". A pesar de sus múltiples atenciones militares, no deja de aconsejar la conveniencia de llevar organizada la logia que deberá actuar en Chile, bajo la inmediata dependencia de la de Buenos Aires: "hágalo V. presente al gobierno para si es de su aprobación empezar a operar algunos alumnos". Y cuando al fin no queda duda que se realizará la empresa para la que se ha estado preparando durante largo tiempo, sorprendentemente se muestra dispuesto a delegar su comando: "venga entonces Balcarce de general en jefe y yo de mayor general, esto me parece lo mejor". En efecto, la campaña a Chile queda definitivamente decidida durante la entrevista de San Martín y Juan Martín de Pueyrredón en Córdoba. A partir de entonces asiste al primero el convencimiento de que "ya se procederá en todo sin estar sujeto a las oscilaciones políticas que tanto nos han perjudicado". Confía en que bajo el mando del nuevo Director se restablecerá "la unión y tranquilidad, pues ya era insufrible el miserable estado a que nos habían reducido nuestras niñerías. Yo protesto a V. que a la primera desavenencia que vea, me voy a medigar a cualquier país extranjero". Él por su parte está a punto de dar en Cuyo "el golpe de los esclavos", es decir, su manumisión lesionando fuertes intereses económicos para reforzar con ellos el ejército, el que a poco pasará al campo de instrucción del Plumerillo. El laconismo de Guido lo exaspera: "No hay una sola carta en que no me diga que sus apuros, ocupaciones u otras cosas le impiden el extenderse; maldita sea su pereza o falta de previsión, pues si V. la tuviese no esperaría al último momento del correo; por Dios, el demonio o por el petacón le suplico me escriba con extensión todo, todo, bajo el supuesto que V. es el termómetro que me dirije". Insistentemente lo llama a su lado como hombre de confianza, sin que la logia acceda a ello: "Su falta me equivale a un batallón pues no tengo de quien fiarme, especialmente para las comunicaciones secretas y otras cosas reservadas; y todo es preciso lo haga este hijo de puta".

No se cansa de pedir auxilios, lo abruma la sóla consideración de lo que necesita mientras se debate en la escasez y multiplica su ingenio "todo sacándolo con tirabuzón". No obstante debe resignarse a la falta de complementación naval de sus operaciones terrestres: "Mucha falta nos hará cuatro o seis buques de fuerza para la expedición, pero el que no tiene más con su madre se acuesta".

La preocupación aumenta con la apertura de la cordillera: "Nos cagan si en estas circunstancias nos arriman los matuchos alguna expedición, por eso es preciso hacer esfuerzos para aumentar en ésa toda la fuerza posible". Se siente apremiado: "El tiempo me falta para todo, el dinero ídem, la salud mala, pero así vamos tirando hasta la tremenda". No por eso deja de pedir informes sobre la invasión lusitana a territorio uruguayo, aunque en un comienzo tiene confianza en su rechazo: "Yo opino que Artigas los frega completamente". Poco después ya no se muestra tan optimista, sin embargo considera imposible abrir un nuevo frente de guerra en el este y analizando con realismo político la situación creada por la ocupación de la Banda Oriental por los portugueses, concluye: "a la verdad, no es la mejor vecindad -pero hablándole a V. con franqueza- la prefiero a la de Artigas: aquellos no introducirán el desorden y anarquía, y éste si la cosa no se corta lo verificará en nuestra campaña". Por entonces parece ganado por el desengaño en cuanto al sistema de liberalidad política que ha seguido la revolución, al que considera inadecuado por no estar los pueblos preparados para él: "nosotros no somos capaces de constituirnos en Nación por nuestros vicios e ignorancia y es preciso recurramos [a] algún demonio extranjero que nos salve".

Por fin, San Martín anuncia que han comenzado a salir las tropas y pronostica con asombrosa exactitud que a mediados de febrero estará decidida la suerte de Chile. El está al borde del agotamiento: "Yo no me entiendo con mulas, víveres, hospitales, caballos y una infinidad de carajos que me atormentan para que salga el ejército: mi amigo, si de esta salgo bien como espero, me voy a cuidar de mi triste salud a un rincón pues esto es insoportable para un efermo". Pero todo quedó justificado con el feliz desenlace de Chacabuco: "al fin no se perdió el viaje y la especulación ha salido como no podía esperarse, es decir, con la rapidez que se ha hecho".

2a) La prosecución de la campaña en Chile y Perú (1817-1820)

Apenas conseguida esa primera victoria y con la mira fija en llevar la guerra al Perú, San Martín procura ganarse el apoyo naval americano o inglés, pero es distraido de esos trabajos por la amenaza de la expedición realista desprendida del Perú al mando de Osorio y destinada a recapturar Chile. Sigue de cerca los movimientos del enemigo y mientras toma las providencias militares del caso, sobre todo activa la recolección del mayor número de caballos, considerados el arma por excelencia de los americanos: "sin ellos no hay defensa". Sobreviene el revés de Cancha Rayada, pero pronto el Ejército Unido logra rehabilitarse, a la par que no se aparta de la mente de San Martín el objetivo prioritario del armamento naval, por eso insiste para que el gobierno chileno arme el navío llegado a Valparaíso desde Inglaterra enviado por su emisario Alvarez Condarco: "hágase un esfuerzo extraordinario pues las circunstancias lo exigen". Con la garantía de Guido como representante de las Provincias Unidas, se procede a la compra de la fragata Whithman a la que se rebautiza como Lautaro. Con ella se pondrá fin al bloqueo realista, mientras las fuerzas patriotas terrestres consolidan en Maipú la libertad de Chile. Desde Buenos Aires, a donde ha acudido después de la victoria, San Martín continúa activando la compra de buques y el enganche de tripulación, a la par que consigue que el Director levante un empréstito de 500.000 pesos para continuar las operaciones. Pide que el gobierno de O'Higgins en Chile haga un esfuezo similar y al respecto le escribe a Guido para que se empeñe en ello: "Póngase V. en zancos y dé una impulsión a todo para que haya menos que trabajar; de lo contrario, yo me tiro a muerto".

San Martín se encuentra de regreso en Mendoza donde recibe fuertes disgustos. Reiterados anónimos le alertan sobre una grave desavenencia entre su amigo Guido y el director chileno que ha pedido al gobierno porteño su destitución. Con letra temblorosa el general le escribe al primero: "Dígame V. con franqueza si hay algo con O'Higgins y en este caso ruego a V. por nuestra amistad corte toda disensión pues de los contrario todo se lo lleva el diablo". Le insiste: "háblele V. con franqueza, no sea le hayan metido algún chisme; sobre todo no tome V. parte alguna en nada que tenga intervención con Chile". Finalmente por su intermedio, el conflicto logró transarse. En tanto insiste en que se acabe cuanto antes con la resistencia realista atrincherada en Talcahuano para que el ejército quede expedito para pasar al Perú: no imagina que la iniciación de esa última fase de su campaña tardará todavía dos años más en iniciarse. Estaba San Martín pronto a "meter el diente a la cordillera", cuando se le comunica desde Buenos Aires la imposibilidad de reunir los 500.000 pesos que se le habían prometido para el ejército. De inmediato suspede su marcha a Chile y presiona a Pueyrredón con su renuncia al mando militar "del que no me volveré a encargar jamás: yo no quiero ser el juguete de nadie y sobre todo quiero cubrir mi honor". Logra lo que se había propuesto: se vuelve a decretar el empréstito: "todo esto ha mejorado mi salud y sólo espero un poco más de tiempo para que venga todo el dinero y marcharme a ésa aunque sea muriendo: ahora tal cual se puede trabajar, de lo contrario sería ir a ser víctima de las necesidad". Pero aún le quedaba apurar otro sinsabor cuando se entera de las críticas a su conducción contenidas en "el manifiesto del cobarde Brayer". Su contestación al libelo del oficial francés será "ceñida a la verdad, aunque algo dura: pero un pícaro de ese calibre no merece menos" y agrega: "Confesemos, amigo, mío, que no hay filosofía suficiente para ser atacado cuando uno sólo trata del bien público: maldito sea una y mil veces el hombre que desea mandar".

Al principiar el año 1819 le llegan noticias de Inglaterra sobre una expedición realista que se preparaba en Cádiz destinada a Buenos Aires. Ordena a Balcarce, segundo jefe del ejército, que retire a Talca las fuerzas argentinas que están en Concepción para reconcentrarlas tanto para enfrentar un ataque del enemigo, como para que repasen la cordillera si lo demanda el gobierno porteño en caso de verificarse la llegada de la mencionada fuerza española. En tanto, intenta enviar a su esposa Remedios a la capital para que restablezca su salud, pero el camino se halla interceptado por las montoneras del litoral y por ello Belgrano baja al frente del ejército del Norte para combatirlas; ínterin es sofocada sangrientamente en San Luis la sublevación de los oficiales realistas que allí estaban prisioneros. En esa situación celebra la iniciativa chilena de ofrecer la mediación ante los caudillos y el Directorio: "por lo que veo esta guerra nos va a concluir y sólo tengo esperanzas en que la comisión de Chile y mis buenos deseos puedan apagarla", considera que el éxito de esa misión pacificadora sería más importante que ganar mil batallas. Sucede que estaba pendiente la cuestión harto espinosa del repaso del ejército de los Andes, que ni San Martín ni Guido consideran conveniente. Por eso el primero permanece expectante de las noticias que reciba de la reunión de la logia lautarina de Chile al respecto: "Estoy con la mayor curiosidad por saber el resultado de la entrevista que iba V. a tener con los amigos la noche misma que me escribió V. su última: lo cierto es que necesitamos indispensablemente decidirnos antes que la cordillera se cierre". Finalmente los hermanos se determinan a apoyar la continuación de la campaña hacia el Perú: "Veo lo que V. me dice sobre la deliberación de nuestros amigos acerca de la expedición: la creo sumamente necesaria, pero los aprestos deben hacerse inmediatamente en términos que no se quede en deliberaciones: si así se verifica marcho al instante, no digo a cordillera cerrada, pero con mil más que tuviese que pasar". Pero el general antes de dar ese paso quiere ver hechos concretos y no meras palabras, pues con reiteración ha visto burladas sus esperanzas: "Veo que en su última me confirma decretada una expedición de cinco mil hombres: esta voz decreto no quisiera oirla, he visto tantos y no cumplidos que desconfío de todos ellos: pero hablemos claro, amigo mío, )V. ha visto cumplir ningún acuerdo de los amigos de ésa? )y de buena fe cree V. que los hombres varíen de carácter? V. sabe cuál ha sido el interés que he tomado en la suerte de la América, pero amigo, es doloroso que V., yo y otros pocos son los que meten el hombro: nada de esto importaba como nuestros trabajos tuviesen buenos resultados, aunque con sacrificio de nuestras vidas, pero el resultado es el que también perderemos el honor y tanto más desconsolador cuando son por culpas ajenas". Él mientras tanto se ocupa en Cuyo de preparar una fuerza de gran movilidad para que pueda acudir a donde amague atacar el enemigo y solicita auxilios de Chile para que esa provincia no quede indefensa. Pero se desanima cuando por fin llega la orden de Buenos Aires para que se saquen las tropas de Chile, aunque la amenaza de la expedición española se desvanece. Se siente víctima de una intriga: desde la capital porteña se insiste en que los enemigos avanzan por el norte hacia donde le ordenan se dirijan sus fuerzas, lo que a esa altura ya no cree factible, pero ya no insistirá: "sea lo que fuere yo no haré más que obedecer, lavar mis manos y tomar mi partido el que ya está resuelto [separarse del mando del ejército]. Dije a V. en mi anterior que mi espíritu había padecido lo que V. no puede calcular, algún día lo pondré al alcance de ciertas cosas y estoy seguro dirá V. nací para ser un verdadero cornudo, pero mi existencia misma la sacrificaría antes de echar una mancha sobre mi vida pública, que se pudiera interpretar por ambición". Considerándose separado del mando, está listo a ir a Chile pero sólo si efectivamente se le asegura que la expedición se hará: "en ese caso habré cumplido con sacrificarme, pero no perderé mi honor y le consta cuántas veces he sido el ridículo juguete y cuántas veces me han comprometido; ya sería debilidad en mí el permitir se repitiesen estas escenas". Y para que se allanen los obstáculos que los chilenos puedan oponer por ser un jefe argentino el que dirija una empresa solventada por ellos no duda en proponer: ")no sería mejor fuese O'Higgins mandando la expedición y yo de jefe de Estado mayor? Por este medio se activaría todo y todo se conciliaba". Pese a que es insistentemente llamado por Pueyrredón, le escribe a Guido desde Mendoza, donde se encuentra desde hace 15 días "postrado en una cama de resultas de una fístula producida por unas almorranas agangrenadas", que "es imposible verificar semejante viaje en tiempo de invierno pues el temperamento húmedo de Buenos Aires atrasa mi salud extraordinariamente". Como consecuencia, no tarda en saber que ante la reiterada renuncia del Director ha sido sustitudo por Rondeau, quien vuelve a solicitar imperiosamente su ida a la capital. "Ya estuviera en marcha si mi salud me lo permitiese", pero "un diabólico ataque de reumatismo inflamatorio" lo retiene. Sólo puede llegar hasta San Luis, donde recibe noticias de que se diluye la amenaza de la expedición española, por lo que ahora parece contar con la venia del Director para que se realice la expedición al Perú. Pero en Buenos Aires es inminente la invasión montonera y se lo vuelve a llamar con insistencia. San Martín ya ha decidido tomar sobre sí la "responsabilidad terrible" de su silenciosa desobediencia, que facilitará junto con la sublevación del ejército del Norte en Arequito el desenlace de Cepeda, esto es, la caída de los poderes nacionales. Cruza en camilla la cordillera y se repone de sus dolores reumáticos en los baños de Cauquenes. Desde allí sigue los aprestos militares y dirige comunicaciones con Bustos, Artigas y Güemes. De Mendoza le llegan noticias de los cambios políticos acaecidos: "por ellas verá V. que todo el teatro está mudado y que Buenos Aires entraba en la federación: en fin, veremos lo que sale de esta tortilla". Luego de pasar revista al ejército en Rancagua se propone ir a Santiago "a ver si se pueden activar los aprestos de la expedición o que me desengañen cuanto antes". Solucionados los últimos inconvenientes, ésta parte de Valparaíso el 20 de agosto de 1820: se había retrasado durante dos años y medio lo que inicialmente San Martín confiaba realizar a los tres meses de haber libertado Chile.

Se interrumpe aquí la correspondencia epistolar con Guido, no sólo porque éste permanece a la inmediación de su general en el Perú, donde pasa a actúar como su primer ayudante de campo, sino también porque esa parte de su archivo se perdió en ocasión de su regreso a Buenos Aires seis años más tarde. Al respecto, San Martín le escribirá: "No me conformo, ni me conformaré jamás con la pérdida de sus papeles: ella lo es para la América y particularmente para la Historia. Lo más sensible es que no se puede reparar porque nadie podrá hallarse en el caso ni con la proporción que V. ha tenido para reunir documentos tan preciosos como interesantes y originales".

3a) Los primeros años del ostracismo (1826-1829)

Recién en diciembre 1826 recibe San Martín la primera contestación de Guido a las 5 o 6 cartas que él le envió desde su llegada a Europa a principios de 1824. Se ha enterado de la llegada de su amigo a Buenos Aires y sólo porque él se lo asegura se ve compelido por primera vez a creer en la inquina de Bolívar para con los partidarios del ex protector; hasta entonces había atribuido esas voces a "la sucia chismografía que por desgracia abunda en América". Descarta que tal "extraña conducta" fuera producto de la envidia "pues los sucesos que yo he obtenido en la guerra de la Independencia son bien subalternos en comparación a los servicios que dicho general ha prestado". No obstante le advierte a Guido: "V. tendrá presente que a mi regreso de Guayaquil le dije la opinión que había formado del general Bolívar, es decir, una ligereza extrema, inconsecuencia de principios y una vanidad pueril". Ante las recriminaciones que le hace su viejo amigo y camarada por su súbito retiro de la vida pública, dejando su obra sin terminar le promete que cuando deje de existir encontrará entre sus papeles "documentos sumamente interesantes y la mayor parte originales; ellos y mis apuntes (que V. hallará perfectamente bien ordenados) manifiestan mi conducta pública y las razones que me asistieron para mi retirada del Perú". Por el momento, considera que no debe darlos a conocer, ni siquiera para justificarse ante sus contemporáneos pues sabe que "lo general de los hombres juzgan de lo pasado según la verdadera justicia y de lo presente según sus intereses"; en cambio, sí tiene que responder ante su hija y sus pocos amigos sobre su proceder durante "el tiempo que he tenido la desgracia de ser hombre público, sí, mi amigo, la desgracia, porque estoy convencido de que serás lo que hay que ser si no eres nada. Y por eso ha estado trabajando durante dos años en el arreglo de sus documentos. Abundan en esta carta expresiones de hondo desengaño: "Estoy viendo que dice al leer ésta que estoy hecho un misántropo; sí, mi amigo, lo soy porque para un hombre de virtud he encontrado dos mil malvados".

En estas misivas no puede evitar hablar con tristeza de la terrible crisis por la que atraviesa América hispana, una vez concluida la guerra y que San Martín había previsto con anticipación. Ratifica al respecto su convicción republicana, pero no cree realizable ese sistema en los nuevos Estados y tempranamente vaticina que el resultado de la anarquía en ellos imperante será la entronización del despotismo. Atribuye el estallido de la guerra con el Brasil por la Banda Oriental a la debilidad del gobierno porteño: "al temor de los gritones de la capital" y se espanta de que se le haya confiado el comando de todas las fuerzas a Alvear. Ignoraba que se hubiera extraviado su solicitud de licencia presentada en 1825 y creía que la falta de contestación era un agravio más de los que le había inferido la administración rivadaviana, por lo que omite ofrecer su servicios en la contienda contra el Imperio: "yo estoy seguro que si diese este paso se creería sospechoso, tanto más cuanto sé el empeño que se ha puesto en hacer creer que el general San Martín no ha tenido otro objeto en su viaje a Europa que el de intrigar a fin de establecer monarquías en América". De pronto detiene su discurrir: "Alto aquí, mi bilis se iba exaltando y esto no entra en el plan de tranquilidad que me he propuesto". Prefiere, antes de continuar hablando de "la maldita política", contarle a su amigo de los grandes progresos alcanzados por su hija Merceditas en su educación. "En cuanto a mí sólo diré a V. que paso en la opinión de estas buenas gentes por un hombre raro y oscuro y en parte con razón pues no trato con persona viviente porque, hablándole la verdad, de resultas de la revolución he tomado un tedio al trato de los hombres que yo conozco toca en ridículo". En el cultivo de su jardín, en el trabajo en su taller de carpintería, en los paseos y en la lectura ha encontrado la paz y casi sería feliz si no fuera que "mi alma siente un vacío, ausente de mi patria", no puede evitar la añoranza de su chacra de Mendoza. Su proyecto es retornar dos años más tarde, cuando su niña haya concluido sus estudios, siempre y cuando sus compatriotas no pretendan que tome parte en sus discordias: "si no quieren dejarme tranquilo en mi país en este caso venderé lo que tengo en él y me vendré a morir en un rincón de ésta, quedándoles el consuelo a mis enemigos de haber acibarado los últimos días de mi vejez". Al respecto le pide a Guido que le informe cuál es la situación del país: )Creerá V. que a pesar de haberme tratado como un Ecce Homo y saludado con lo honorables títulos de ambicioso, tirano y ladrón, lo amo y me intereso por su felicidad". Y al recordarle sus instrucciones sobre el modo en que debe cerrar las cartas que le dirija con el fin de economizar, ya de mejor humor, le gasta a su amigo esta humorada: ")por qué desperdiciar los realitos sin necesidad? Tenga V. presente lo de la monja que estuvo 500 años en el purgatorio por cinco lentejas que desperdició al tiempo de limpiarlas. Ya se ve, como V. es un poco incrédulo, se reirá de este hecho; pues es cierto, ciertísimo y porque yo le aseguro, palabra de honor, que está en letra de molde y cuyo libro con las licencias necesarias de reverendos padres definidores en sagrada teología, cánones, etc., etc. y ainda mais la licencia de Yo el Rey para imprimirlo, existe en Mendoza entre otras preciosidades de este jaez, destinadas a la lectura de las largas noches de inviernos que me esperan en mi vejez".

Ante la insistencia de Guido y por más que lo ha intentado, San Martín no ha encontrado forma de revelarle el secreto de su retirada del Perú por temor a que su correspondencia fuese intercetada. Sigue atentamente el curso de la guerra y considera con escepticismo que la Presidencia pueda negociar su fin sobre la base de la independencia de la Banda Oriental. Reitera su lapidario jucio sobre Alvear: "él repetirá los días de luto que ha dado a Buenos Aires y seguro de que el niño no economizará tampoco a los que han olvidado la máxima de que genio y figura hasta la sepultura".

No cree decisivas -como efectivamente no lo fueron- las victorias obtenidas y teme -"la camisa no se me pega al cuerpo"- que de prolongarse la guerra la situación se torne crítica para los republicanos. En otro orden de cosas, vaticina que el congreso de Panamá "terminará por consunción" y no se asombra del fin que ha tenido el poder de Bolívar en el Perú, lo que le merece esta reflexión, más que elocuente: "yo estoy firmemente persuadio que la pasión de mandar es la más dominante que tiene el hombre y que se necesita una filosofía cuasi sobrenatural para resistir a sus alicientes". Ya no duda de la intención del venezolano de perjudicar su memoria, "pero yo sería un mal caballero si abusase de la situación en que se halla (y que estoy seguro empeorará aun por su carácter) para publicar secretos que V. solo sabrá y sólo veran la luz después que deje de existir".

Encontrándose de regreso en Bélgica, luego de su viaje por el sur de Francia donde en virtud del clima mas benigno pudo restablecer su salud, responde a las inquietudes que Guido le plantea certificándole la veracidad de las versiones que le llegaron sobre los planes en su contra tramados durante la gestión rivadaviana a su regreso del Perú: "No, amigo mío, no debe V. dudar un solo momento. Afortunadamente una piadosa alma de la misma administración me avisó a tiempo (Dios se lo pague) y esto me sirvió para precaverme. Más diré a V., que después de haber pasado el chubasco y a mi regreso a Buenos Aires para embarcarme para Europa, López en el Rosario me conjuró que no entrase en la capital argentina. (Más aquí de don Quijote! yo creí que era de mi honor el no retroceder y al fin esta arriesgona me salió bien pues no se metieron con este pobre sacristán".

Al enterarse de la firma de la paz con el Imperio, hábilmente gestionada por Guido y a la que considera ventajosa, San Martín se apronta a retornar al país antes de lo previsto a fines de 1828, pues con la depreciación del papel moneda producida por la guerra ya no puede costear su vida en Europa con el arrendamiento de su finca de Buenos Aires, además de que debe poner orden en la administración de sus bienes, pues su cuñado Manuel Escalada no ha resultado un apoderado precisamente probo.

4a) El frustrado regreso (1829)

Sin su ñiña y sin su hermano Justo Rufino, quienes quedaron en Europa, y con la sola compañía de su criado Eusebio Soto se embarca hacia el Río de la Plata. Ya en Brasil se entera del motín decembrista que ha derrocado a Dorrego de la gobernación de Buenos Aires. Intenta desembarcar en Montevideo cuando se entera que por orden de Lavalle aquél ha sido fusilado, pero no logra hacerlo. El buque sigue hasta la rada opuesta y el general decide no bajar a tierra: ha llegado precisamente en el momento más virulento de la guerra civil y no quiere tener injerencia alguna en ella, pero sabe que de permanecer allí no podrá evitarlo. Desde Montevideo le explica todo esto a su amigo Tomás Guido, quien al menos ha tenido oportunidad de volver a abrazarlo durante su breve estadía a bordo. En tanto, los periódicos de Buenos Aires han comenzado ya a ensañarse contra él. El general decide retornar a Europa, sólo permanecerá en tierra oriental el tiempo indispensable para rescatar sus papeles, gestionar el cobro de alguna parte de la pensión acordada por el gobierno peruano y poner en orden sus bienes, encargándo de su administración a su querido y leal Goyo Gómez. No le preocupa demasiado la repercusión que tenga su conducta, aparentemente desconcertante, en la opinión pública; sólo a sus amigos les dará las explicaciones del caso. Había regresado con el propósito de "hacer el ensayo de si, con los cinco años de ausencia y una vida retirada, podía desimpresionar a lo general de mis conciudadanos que toda mi ambición estaba reducida a vivir y morir tranquilamente en el seno de mi patria: todos estos planes se los llevó el diablo por las ocurrencias del día". Realiza a continuación un agudo análisis del cuadro de situación que presenta por entonces el país, la que hace clamar a la mayoría "no por un cambio en los principios que nos rigen (y que en mi opinión es en donde está el verdadero mal) sino por un gobierno vigoroso: en una palabra, militar, porque el que se ahoga no repara en lo que se agarra; igualmente convienen (y en esto todos) en que para que el país pueda existir es de absoluta necesidad que uno de los dos partidos en cuestión desaparezca; al efecto se trata de buscar un salvador". Ahora bien, él se rehusa a desempeñar ese papel, no quiere ser el verdugo de sus conciudadanos; además prevee que, dado el carácter sanguinario cobrado por la lucha facciosa, no se le permitiría usar de "una clemencia que está en mis principios, en el interés de nuestro suelo y en la opinión de los gobiernos extranjeros" sino que se le obligaría "a ser el agente del furor de pasiones exaltadas que no consultan otro principio que el de venganza". Su presencia en el país, lejos de ser útil, es embarazosa: para los unitarios, "objeto de continuas desconfianzas", para los federales "de esperanzas que deben ser frustradas". Y esto sin mencionar su "espantosa aversión a todo mando político: )qué resultados favorables podía esperarse entrando al ejercicio de un empleo con la misma repugnancia que una joven recibe las caricias de un lascivo y asqueroso anciano? Por otra parte, )cree V. que tan fácilmente se haya borrado de mi memoria los horrorosos títulos de ladrón y ambicioso con que tan gratuitamente me han favorecido los pueblos que en unión de mis compañeros de armas hemos libertado?" Puede perdonar pero no olvidar las injurias, por lo tanto no accede a exponerse a un nuevo ultraje que eche un borrón en su vida pública. Ni siquiera puede permanecer en la Banda Oriental como Guido le sugiere, porque allí también su situación es falsa pues se trata "nada menos que de ponerme a mí de tercero en discordia entre los partidos de Lavalleja y Fructuoso Rivera; por consiguiente, aquí me tenía V. metido entre dos fuegos". Por lo tanto, concluye: "yo soy una planta que no puede vivir en el país". Pocos días más tarde, se despide de su amigo con una corta misiva en la que consignaba la extraña sensación de angustia que lo embargaba: "Yo no sé si es la incertidumbre en que dejo al país y mis pocos amigos u otros motivos que no penetro, ello es que tengo un peso sobre mi corazón que no sólo me abruma sino que jamás he sentido con tanta violencia". Es que ya nunca más volvería con vida a su suelo natal.

5a) Entre la guerra civil y la entronización de la tiranía (1829-1834)

Aunque con la elevación del "Restaurador de las Leyes" a la gobernación de Buenos Aires parecía restablecerse el orden, San Martín continúa desconfiando de que esa supuesta tranqulidad sea de larga duración. Él ha retornado a Bruselas y ha recobrado la calma, lo que se trasunta en los rasgos de buen humor cargado de ironía de sus cartas: "ha de saber V. que el general San Martín ha estudiado dos años de gramática latina y según el antiguo adagio de que la letra con sangre entra tengo bien presente los sendos azotes que me costó la siguiente oración: 'el muchacho fue a comprar el trompo', puer pueris, emo emis, trocus troqui. El resultado de esta bella máxima y de la sabia educación que se daba en aquellos tiempos (para entre nos hace cuarenta años) ello es que yo salí como entré, excepto los consabidos latigazos". Sin embargo no puede dejar de observar con desazón la evolución política de los nuevos Estados hispanoamericanos: ")hay previsión humana capaz de calcular aproximadamente cuál será el desenlace de este incendio general?". Es cierto que en el viejo continente estaban soportando un crudelísimo invierno: "(Ah, mi buen amigo, qué paralelo puede formarse entre este espantoso clima y el delicioso de nuestro país!; pero en compensación, qué diferencia entre ambos con respecto al orden y tranquilidad." De repente retrocede a los días de su estadía reciente en el Plata al perguntarle a Guido por su tío político Hilarión de la Quintana, haciéndole este comentario jocoso e indiscreto: "(Qué batallas tan furibundas no me dio en Montevideo! Dios se lo perdone: protesto a V. que le había cobrado tal miedo que a pesar de la distancia que nos separa aun no ha desaparecido del todo. Desgraciadamente, el amor (que indistintamente ataca a toda edad y profesión) bajo la figura de una rolliza y pelinegra lechera se apoderó del corazón de mi tío y lo convirtió en un volcán. (Qué escenas no presencié, mi querido amigo! Antes ni después del sitio de Troya no las ha habido comparables. Hubo moquetina de tal tamaño que la diosa espantada se me presentó en mi casa a deshoras de la noche buscando mi protección. Yo creí que el juicio final había llegado: En conclusión baste decir a V. que protegido de Eolo y Neptuno me hallaba ya en el Ecuador y aún la sombra de Hilarión me perseguía".

En orden a consideraciones más serias, ratifica su convicción de que el gobierno de Buenos Aires, en el que Guido participa como ministro, debe mantener el orden aprovechándose de la ventaja relativa de que goza con respecto a las anteriores administraciones, esto es, la de reunir la opinión de la ciudad y de la campaña. Pero se ve precisado a aclarar: "no crea V. por eso soy de opinión de emplear medios violentos para mantener el orden, no mi amigo, estoy muy distante de dar tal consejo; lo que deseo es el que el gobierno siguiendo una línea de justicia severa, haga respetar las leyes como igualmente asimismo de un modo inexorable". Pero a pesar de esa marcha regular, no puede dejar de indignarse ante la intención de restablecer la comunicación con la Santa Sede: "(Están en su sana razón los representantes de la provincia para mandar entablar relaciones con la Corte de Roma en las actuales circunstancias! Yo creía que mi malhadado país no tenía que lidiar más que con los partidos, pero desgraciadamente veo que existe el del fanatismo que no es un mal pequeño. Afortunadamente nuestra campaña y pueblo se compone (en razón de su educación) de verdaderos filósofos y no es fácil empresa moverla por el resorte religioso. (Negociación con Roma! Dejen de amortizar el papel moneda y remitan un millón de pesos y conseguirán lo que quieran". Pero seguidamente, se distiende jugándole una chanza a don Tomás: "He aquí el caso de reclamar nuestra rancia amistad. Yo soy ya viejo para militar y hasta se me ha olvidado el oficio de destruir a mis semejantes; por otra parte, tengo una pacotilla (y no pequeña) de pecados mortales cometidos y por cometer; ainda mais V. sabe mi profundo saber en el latín, por consiguiente esta ocasión me vendría de perilla para calzarme el obispado de Buenos Aires y por este medio, no sólo redimiría todos mis culpas sino que aunque viejo despacharía las penitentas con la misma caridad cristiana como lo hacía el casto y virtuoso canónigo Navarro de feliz memoria."

En 1830 buena parte de las reflexiones de San Martín se centran en "la situación de Europa: ella está echa un volcán". Sabe que "la guerra es inevitable: será de gigantes, pues se trata de nada menos que de la esclavitud o libertad del género humano. Los gobiernos serán arrastrados a pesar suyo a decidir esta gran cuestión. El torrente no puede contenerse, los pueblos claman por garantías y estos clamores son sostenidos por un exceso de población sumergida en las más espantosa indigencia; por otra parte, los gobiernos absolutos no parecen dispuestos a hacer concesiones y en este caso la lucha no debe ser dudosa en favor de los primeros". Piensa que el resultado de esa contienda es lo que determinará su regreso o no al país, pues además infiere que si vence el partido absolutista se haría una cruzada contra América. Mientras sigue desalentado las alternativa de la lucha entre la Liga unitaria del Interior y la Liga federal del Litoral: "no esperaba otra cosa a pesar de que yo soy como los enfermos desahauciados que sin embargo de conocer su situación les queda alguna esperanza de alivio". Cuando éste finalmente le llega con el apresamiento de Paz y la derrota de Lamadrid por Quiroga en la Ciudadela, se muestra otra vez decidido a retornar aunque siempre "con el ánimo resuelto de volver a liar el petate si hay bullanga, pues prefiero pasar el Atlántico más veces que Perry antes de verme obligado a tomar parte en una guerra civil, y vuelvo a prevenirle que esto no es nada agradable para un viejo mancarrón que apenas puede marcar el agua". El cólera y la muerte del financista Aguado que lo obligó a ocuparse de su testamentaría le impidió regresar. Después de la llamada "revolución de los restauradores" y ya perdida toda esperanza de un encauzamiento legal de la vida política argentina, reniega de una proclamada libertad teórica que en los hechos y durante décadas no sólo nunca había existido sino "que en este largo período la opresión, la inseguridad individual, destrucción de fortunas, desenfreno, venalidad, corrupción y guerra civil ha sido el fruto que la Patria ha recogido después de tantos sacrificios". Por lo tanto no volverá hasta ver establecido "un gobierno que los demagogos llamen tirano" y agrega: "dirá V. que esta carta está escrita de un humor bien soldadesco. V. tendrá razón pero convenga V. que a 53 años no se puede admitir de buena fe el que se le quiera dar gato por liebre". Y puesto entre dos extremos, ha perdido ya la esperanza de todo término medio: "concluyo diciendo que el hombre que establezca el orden en nuestra patria, sea cuales sean los medios que para ellos emplee, es el solo que merecerá el noble título de su libertador".

6a) La cólera del general (1834)

Después de diez años de ostracismo, el Libertador no podía concebir que pudiera tener lugar el violento, desagradable e inesperado incidente que tuvo que protagonizar con Manuel Moreno, representante de las Provincias Unidas en Londres, de cuyos pormenores con el intercambio de cartas correspondiente interioriza a Guido: ")Quien le hubiera dicho a V. que a pesar de la distancia en que me hallo de nuestra tierra, el único paisanito que existe en Europa había de venir a alterar esta paz, único bien que gozo separado de los objeto que más amo? Y esto por un doctor en medicina (peste en todos ellos). )Item que a los 50 años y (el pico no es de su competencia) había de meterme a espadachín y con lanzón y rodela tener que defenderme de follones y malandrines?". Enciende la ira de San Martín la versión que echa a rodar infundadamente el diplomático argentino de que había viajado a España para tratar sobre el reconocimiento de la independencia de los nuevos estados americanos mediante el establecimiento de monarquías, como si no fueran bastante ostensibles -como él manifesta- los "compromisos de pescuezo" que había contraido en los diez años que duraron sus "travesuras" en Argentina, Chile y Perú. Pero después de idas y venidas, el Libertador comprende la nula entidad del cobarde intrigante y decide dar por concluida la cuestión: ")qué partido puede sacarse con un pícaro de tal tamaño? Yo no he encontrado otro que el de cortar este asunto, pues aunque me quedaba el recurso de haber marchado a Londres y darle una tollina de palos de patente, el resultado hubiera sido el de que la opinión del país hubiera padecido con el escándalo". En 1836 San Martín se entera que Moreno ha dejado su puesto y retornado a su país: ya no se detiene a hablar de él; se limita a decir a Guido: "se me ha asegurado ha marchado para ésa, buen provecho les haga a ustedes esta lagaña".

7a) Los agresiones externas contra la Confederación Argentina (1835-1849)

La correspondencia de los últimos años del ostracismo del Libertador, además de desaprobar que el país se involucrace junto con Chile en la guerra contra Bolivia, de la satisfacción que le provoca el reconocimiento chileno de su conducta militar en ese país y de su admiración por los manejos diplomáticos de Guido en el Brasil; está signada por su constante preocupación contra las infundadas agresiones de Francia y Gran Bretaña. "Es inconcebible que las dos más grandes naciones del universo se hayan unido para cometer la mayor y la más injusta agresión que puede cometerse contra un Estado independiente [...] (La humanidad! (Y se atreven a invocarla![...] V. sabe que yo no pertenezco a ningún partido: me equivoco, yo soy del partido americano; así es que no puedo mirar sin el mayor sentimiento los insultos que se hacen a la América." Está obsesionado analizando las alternativas del conficto: aunque todos confían en el buen éxito de la negociación entablada por Mr. Hood, le advierte a Guido: "yo soy como las mulas chúcaras que orejean al menor ruido, es decir, que estoy sobre el quien vive, de todo lo que viene de Inglaterra". Se exaspera tanto que prefiere evitar el tema: "V. notará que no le hablo una palabra de nuestro amables interventores: en este particular yo soy como el célebre manchego, sensato en todo menos cuando se trata de caballería andante. Así es que pierdo los estribos y mis nervios sufren cada vez que con los amigos de ésta se suscita la conversación". No obstante le satisface que los agresores hayan comprobado en la acción de la Vuelta de Obligado que "los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca". Ya para 1847 su inquietud ha amainado por la dignidad con que Rosas a afrontado la cuestión: "yo estoy bien tranquilo en cuanto a las exigencias injustas que pueden tener estos dos gabitnetes porque todas ellas se estrellarán contra la firmeza de nuestro don Juan Manuel; por el contrario, mis temores en el día son el que esta firmeza se lleve más allá de lo razonable". Pero también en todo este largo período, en que sus dolencias se van agravando, también hay lugar para la nostalgia: "30 años han transcurrido desde que formé mis primeras amistades y relaciones en Buenos Aires y a la fecha no me queda un solo amigo: de éstos la mayor parte no existen y los restantes se hallan ausentes o emigrados". Y tampoco falta esa tierna picardía que asoma cuando se refiere a la grata sensación que ha despertado en él la esposa de un visitante "no solo por su carácter y sus maneras dulces como caramelos, sino por sus bellísimos y destructores ojos. V. dirá que es una abominación que a las 64 navidades tenga yo un tal lenguaje: señor don Tomás, no venga a V. con su sonrisa cachumbera a hacerse conmigo el Catón y privarme del solo placer que me resta, es decir, el de recrear la vista pues en cuanto a lo demás, Dios guarde a V. muchos años. Doblemos la hoja pues si continuase V. no ganaría en el paralelo, pues V. sabe que sobre este particular ha sido mucho más tentado... de la risa que no este viejo y arrepentido pecador".

En fin, todo un héroe, pero también un hombre que a través de estas cartas, exentas de toda pátina de bronce, resulta más creible y, precisamente por eso, mucho más próximo y entrañable.

 

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