Por Carlos Páez de la Torre (h)
Han pasado ya veintiséis años. Pero cierro los ojos, y me vuelve
a la nariz el sofocante olor a flores y a muchedumbre que invadía el
Salón Azul del Congreso de la Nación, esa madrugada del 4 de julio
de 1974, en que buenas influencias me hicieron colar dentro de la
larga fila, de cuatro en fondo, que desfilaba ante el féretro de Juan
Domingo Perón.
Más que la imagen del presidente muerto, guardo de ese primer
contacto el estremecimiento que producía lo que estaba a la vuelta.
Decenas de custodios de pelos largos y barbas, como era la moda de la
época, y tanta metralleta y tanta pistola. Amenazantes, apuraban a la
interminable fila: "Rápido, rápido, no se detengan!".
Así que apenas miré. Era la segunda vez en mi vida que veía a
Perón. La primera había sido a los siete años, desde el balcón de
nuestra casa pegada a la Catedral de Tucumán, cuando vino – era 9
de julio de 1947 – con el presidente de Chile, Gabriel González
Videla, a declarar la "Independencia Económica".
Mi recuerdo de niño lo fijaba sonriente, deslumbrador en el
uniforme de gala, pura sonrisa y saludos hacia todas partes, en el
auto negro descubierto junto al chileno de frac y banda, entre un
estrépito de vivas y caballos de granaderos.
Ahora era otra cosa, y debo haber pensado en la brevedad de la vida
o algo tan obvio como eso, cuando miré, medio de reojo y apurado por
los barbudos, en dirección al cadáver expuesto en el Salón Azul.
No sospechaba en ese momento que, horas más tarde, podría verlo
de nuevo y convertirme, creo, en el último periodista que lo hizo,
antes de que el cajón fuera cerrado definitivamente.
Mi suegro, el doctor José Antonio Allende, era en ese momento
presidente del Senado de la Nación. Había llegado yo como un enviado
especial de "La Gaceta", y la circunstancia me permitió
pasar esa noche en su despacho, en compañía del secretario privado y
un par de empleados del bloque del FREJULI.
Esa oficina se convirtió, hacia las cuatro de la madrugada, en la
única dependencia con gente, en el Palacio del Congreso. Ocurrió que
vino de repente la orden de que la procesión de dolientes se
interrumpiera, se cerraran las puertas del Salón Azul, se despejara
la calle y se sellara el féretro, para la ceremonia final de
exequias, organizada apresuradamente para la mañana.
Todo esto era imprevisto, digamos. Se suponía que, como había
ocurrido veintidós años antes con Eva Perón, habría largas semanas
aún para desfilar por la capilla ardiente.
Pero la violencia que en esos momentos abrasaba al país, sumido en
el caos económico y el delirio guerrillero, no daba margen para esas
demostraciones. Era evidente que inquietaba al gobierno la permanente
reunión de multitudes en la Plaza del Congreso y las calles vecinas,
y quiso ponerle fin.
Pero nadie sabía qué podía ocurrir con esos miles de personas,
muchas venidas del interior del país, cuando les avisaran, por los
altoparlantes, que no podrían ver el cadáver de Perón. Aunque el
locutor mintió diciéndoles que la interrupción era necesaria para
"preparar" el féretro para la ceremonia y que luego se
reanudaría el desfile, nadie podía profetizar la reacción.
Por eso la gran cantidad de legisladores, funcionarios, empleados y
demás que permanecían en le Palacio, optó por retirarse a sus
casas, por las dudas. No era fantasioso pensar que la muchedumbre
arremetiese contra las puertas del Salón Azul.
Pero nada de eso ocurrió. Casi dulcemente, policías a pie y a
caballo lograron que se fuera despejando la calle, y que el público
se replegara hasta la Plaza del Congreso, que quedó prácticamente
colmada. El espacio fue ocupado rápidamente por policías, soldados,
carros de asalto, hidrantes y demás maquinaria para controlar
multitudes. Recuerdo que lloviznaba y no hacía frío. Desde los
balcones del despacho, se veía brillar los cascos mojados y
centelleaban las luces rojas. "Queremos a Perón" y "Se
siente, se siente, Perón está presente" eran los
estribillos que coreaban los grupos, mojándose en torno al Monumento
de los Dos Congresos.
No había amanecido todavía, cuando un tal Torres, empleado del
bloque entró al despacho y me dijo: "Querés verlo a Perón
antes de que cierren el cajón?. Si querés, vamos ya".
Siempre me ha estremecido la visión de cadáveres, porque se me
convierten por años en una recurrente pesadilla. La ojeada de horas
atrás ya era suficiente. Pero pensé que después de todo era nada
menos que Perón, y partí detrás de Torres, rumbo al Salón Azul.
Entramos otra vez a la enorme habitación. Ahora estaba vacía,
pero no se había ido el olor a multitud, y seguían las montañas de
flores soltando su vaho sofocante. La gran araña central estaba
encendida en parte. Me acerqué al cajón, junto al cual montaban
guardia dos hieráticos granaderos. Entonces, estuve, por un rato
largo, a menos de un metro de distancia del cuerpo del hombre que
había simbolizado todo, durante años, para tantos argentinos.
Lo primero que me impactó fue su altura. No se por qué, siempre
me había parecido más bajo. Recorrí con la mirada el cuerpo, desde
los pies
–recuerdo cómo brillaban las puntas de los zapatos- hasta la
cabeza. Miré atentamente las manos cruzadas sobre le pecho. Me fijé
que tenían ese tipo de uñas que parecen replegarse un poco sobre los
dedos. La boca estaba ligeramente entreabierta. En el nacimiento
renegrido del pelo, aparecían ya las raíces blancas. El rostro
estaba demacrado, pero tenía un aire de paz. Escudriñé todo eso
largamente, una y otra vez. Después los operarios de la funeraria
Mirás empezaron su horrible trajín de cerrar el cajón.
Era como si todo el mundo esperase que, de un momento a otro la
gente reventara las puertas del Salón Azul. Había un nerviosismo
tremendo entre estos hombres que trabajaban hablando poco, en voz
baja. El sellado del cajón se demoró. La chapa de metal no encajaba
y hubo que recortarla. Me acuerdo que se equivocaban, que las
herramientas se les caían. Al fin, todo estuvo terminado y listo para
la ceremonia del día que llegaba. Está de más decir que seguí en
vela, café tras café, cigarrillo tras cigarrillo, hasta que empezó
el acto. Desde el palco de los periodistas escuché todos los
discursos, entre ellos aquel tan célebre de Ricardo Balbín. Me
impresionó la cantidad de gente armada que se mezclaba con los
hombres de prensa. Fingían anotar en unas libretas, pero les hinchaba
el saco el bulto de las pistolas.
Cuando concluyó todo, una oleada de gente me sacó del Palacio y
me depositó en la calle. Recuerdo vívidamente el momento en que
salieron los granaderos, con el féretro sobre una cureña, rumbo a
Olivos. Cuando empezó a marchar la caravana, sólo se escuchaba la
marcha fúnebre y el ruido de los cascos. Era algo estremecedor e
inolvidable. Hasta donde abarcaba la vista se agitaban pañuelos
blancos.
Unos días más tarde, leí en "La Opinión" un poema de
Ramiro de Casasbellas sobre las exequias de Perón. Me pareció que
reflejaba exactamente lo que significó para un hombre de mi edad esa
muerte.
Yo iba a cumplir 34 años. Desde que tuve uso de razón hasta
entonces, a favor o en contra, Perón había llenado la escena
política argentina. Ver que lo enterraban era asistir al fin de toda
una etapa. El poema terminaba así: "Yo no sé General, si
usté partió contento / bajo la lluvia gris del invierno. No sé. /
Pero ese mismo día mi juventud se fue / en la ruda cureña barrida
por el viento.