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Comunicación Académica del escritor Alfonso Ferrari Amores
librada en agosto de 1978

 
Carlos Gradel, por H. Sábat

"Mis recuerdos de Carlos Gardel"

 

* Alfonso Ferrari Amores

Cuenta por ahí Macedonio que él no dotaba su tiempo por los números del almanaque, sino relacionándolo con enfermedades, o sucesos y personas que había conocido; y así decía, por ejemplo: fue por la última gripe, o allá por la guerra del 14 cuando dejé de ver a Fulano, o: recibí su carta justamente al día siguiente del vuelo de Fels, etc. Mi conocimiento de Gardel fue uno de esos puntos de referencia, mangrullos en el tiempo desde los cuales se ve mejor lo que tuvo uno a su entorno, y a los que he remitido muchos pormenores de mis pasos iniciales en el periodismo, como también lo fueron mis reportajes en el Congreso en el 38, o mi trato con exiliados ilustres de otros países, o, mucho antes, la visión del cometa Halley desde la vereda de mi casa, una apacible noche en Parque de los Patricios.

Gardel acostumbraba hacerse "pasar" los tangos en bandoneón por Vivas, uno de sus guitarristas.

Me gusta. Se lo voy a grabar a la vuelta – me prometió, generosamente por uno de mis atrevimientos de tango. Fue, desdichadamente, aquella vuelta de la que no volvió.

Nos sentábamos a una mesita en el pequeño bar de lo que entonces se llamaba una "broadcasting", en la avenida Belgrano, a una cuadra de Entre Ríos. Al cabo de una de esas conversaciones le pidió a su agente o representante Defino una fotopostal, escribió al pie la dedicatoria, la firmó y me la entregó. Aun la conservo, con su sonrisa bajo el ala de un chambergo claro.

Gardel y Corsini eran muy amigos. En una audición a cargo del segundo, en el brevísimo intervalo entre una "Pulpera de Santa Lucía" y "Sombras", entró Gardel en el estudio y preguntó:

Me dejás a mí, tano?

Accedió Corsini, muy complacido, y así apareció sorpresivamente la voz del Morocho en vez de la que se esperaba.

En otra ocasión, mientras se disponía a cantar, observó que en la puerta del estudio, sin atreverse a entrar, apoyado contra el muro, un tipo característico, uno de esos pobrecitos que entre manga y manga, prestándose algunas veces como testigos en los juzgados de barrio por un par de pesos o arrimándose a un café con leche servido para otro, iban "tirando", no le quitaba la vista de encima. Gardel lo intuyó todo, y para ahorrarle la humillación del pechazo, se lo facilitó de este modo:

Yo te conozco a vos, no? Qué tal? Esperame afuera. No te vayas, eh?

Por cierto, el beneficiado no iba a desairarlo.

Y van relámpagos de memoria. El fotógrafo de "El Alma que Canta", una revista que publicaba exclusivamente letras de canciones, que no se animaba a pedirle a Gardel que posara para él, con la timidez de quien tanto respetaba al ídolo, esperaba en un pasillo a que la suerte lo favoreciera. A una pregunta mía me explicó la situación. Le hablé a Gardel, y éste, no solamente corrió a darle gusto al muchacho, sino que reunió a cuanto artista se encontraba en la casa, y él en medio de la fila, tomados todos del brazo, le brindó a aquel fotógrafo su más orgullosa sonrisa, como si estuviera sirviéndole de modelo a Pío Collivadino. El agradecimiento del chasirete fue conmovedor. Otro: una detención del taxi para dar paso al tránsito en la bocacalle de Belgrano y Entre Ríos, que fue aprovechado por dos grupos de chicas, uno de cada vereda, para correr hasta los costados del coche, y él, agradecido, sonriendo, con una larga boquilla vacía en un boliche que quedaba casi en la esquina dando a Entre Ríos, y en el que, al notar Gardel las miradas de todos puestas en él, invitó, señalando el mostrador, con un afectuoso:

Si gustan, señores . . .

A lo que los parroquianos, sin disimular la curiosidad, se limitaron a agradecer con el gesto. Y por fin, en el teatro céntrico, la fervorosa ovación al aparecer en escena con aquel rumboso traje blanco de gaucho, abriendo una tranquera, seguido de sus guitarristas, cantando: "Mañanita de sol", o vestido de calle en otra salida a escena, con los pulgares metidos en los bolsillos del chaleco abierto, con solapitas.

Recuerdo también un comentario de Azucena Maizani, al ver pavonearse a algún cantor, que no la saludaba:

Estos se agrandan ahora . . ., pero cuando vuelva Gardel les pasa la esponja a todos.

Sin embargo, él nunca se propuso hacerlo, de buena fe creyó alguna vez, me consta, que un cantor de efímera aceptación, que no interesa nombrar, debía ser mejor que él. ¡Como si cualquiera pudiera saltar por encima del Aconcagua! Aquel "¡Oígale a la moza!", del Viejo Pancho, y no solamente los tangos le ponían a uno la piel de gallina.

Como a todo el que se destaca demasiado, no se le ahorraron calumnias. Se murmuró que de mocito le había dado trabajo a la policía. ¡Y da a un turco un frasco de la popular, entonces, Agua Florida, pero lleno de agua de la canilla! Qué les parece?

Un popular sainetero, Florencio Chiarello, me contó que cierta vez en que concurrió con Gardel al Luna Park, aquel Luna de cuando estaba sin techar, tiraron de afuera una piedra que fue a dar a la cabeza del cantor, quien, sin alterarse, sacando su pañuelo y mirándose la sangre, murmuró:

Habiendo aquí tantos chabones, me viene a dar justamente a mí.

Y Carlos Perelli me refería que en una presentación en Madrid de "Juan Moreira", con la compañía Muiño-Alippi, en la escena en que Chirino ensarta con la bayoneta al matrero, las coristas de la pieza, al emitir sus chillidos fueron silenciadas por el cantor.

No, no, está mal.
¿Qué hay que hacer, señor Gardel?
Más aspamento . . . ¿No ven que están matando a un hombre?

Se decía también que al entrar en su camarín una reina de España con el propósito de solicitarle su colaboración artística para un acto de beneficencia, la Copa de Leche, estaba Gardel atándose la cinta del zapato ya listo para emprender viaje, y él al verse a tiempo y sabiéndose incapaz de negarse a esa colaboración, comentó risueño:

Qué tarro tienen ustedes!
Y hubo que explicarle a la dama el sentido de la frase.

Impresionaba Gardel como una presencia vivificante, era nervioso, impulsivo, pero sus impulsos brotaban siempre de su buen corazón, aun con exceso. Llamativa su pulcritud personal: aparecía en cualquier hora del día o de la noche como recién salido de un riguroso "Bain de fleurs". De ahí y de su elegancia el cariñoso apodo de "el cantor bacán". Un diplomático nuestro, Séller Sarmiento, solía ponderar la asombrosa facilidad con que Gardel se adaptaba a las más exigentes reglas de la etiqueta en reuniones o banquetes de la más alta categoría social, en los que solía ser una de las atracciones, aún a pesar suyo.

Francisco Canaro, que había grabado con el cantor Ernesto Famá y gran orquesta mi "Barcarola del Riachuelo", me decía, en el recibo de su suntuosa residencia de Palermo, en el que se destacaban, cada uno en su sitio, un gran cuadro al óleo con el retrato de su madre y un exótico samovar de plata, que le había tocado dar testimonio personal de reconocimiento, en la triste ocasión del accidente de Medellín, para la identificación del cadáver. En aquella radio Belgrano, Gardel estrenó, con Canaro que lo acompañó con su orquesta, dos tangos: "Silencio" y Melodía de arrabal".

Algunos otros datos demasiado personales sobre le Morocho, como la documentación de Tacuarembó para no verse obligado a hacer el servicio militar en Francia, podrían caber en aquello de: "a nadie interesan las pantuflas de Malraux, sino sus pies de bronce". O el incurrir a cuenta del mito en alguna inapropiada extravagancia, como cierta exposición que se hizo con el lema "Los dos Carlitos", alusivo a Gardel y a Chaplin.

Por suerte, si injusta fue su muerte, no lo fue para él la vida. Amó a la gente, y fue retribuido como lo merecía. Imagen preferida para los fileteadores de carros y para las cabinas de los camiones, su recuerdo crece con el transcurso de los años. Para quienes lo tratamos no habrá, sin embargo, en las reproducciones de su figura, por buenas que sean, nada comparable a la que se perpetúa en nuestros corazones.

 

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