Toda capital – dijo alguna vez Balzac – tiene su poema, en que se
expresa, en que se resume, en que es más particularmente ella misma.
Boedo fue ese poema. Conflagrado de clamores e impaciencias, impetuoso,
tumultuoso, ardido, rebelde, pero encendido de humana y celosa poesía.
De haberse comprendido mejor a sí mismo, de haber prolongado y renovado
las inquietudes y los deseos de superación de un cuarto de siglo
atrás, de no haber ahuyentado a sus soñadores, Boedo habría sido a
Buenos Aires lo que Saint – Germain des-Prés a París.
- Como Saint-Germain-des-Prés
Es evidente que nuestro barrio no puede estar colmado de recuerdos
revolucionarios y artísticos del quartier parisiense en el que vivió y
murió asesinado Marat, en el que escribiera sus brulotes Camilio
Desmoulins, en el que tuvieron sus ateliers los pintores Courbet y
Delacroix, su refugio el comediante Mounnet-Sully, su imprenta Honorato
de Balzac y en una de cuyas calles – la de Beaux-Arts, N° 13 – se
extinguió la existencia latitudinaria de Oscar Wilde, y en el que
podemos encontrar hoy la sede del Sindicato de Libreros, los despachos
de los anticuarios más importantes de Francia y el café Deux-Magots,
cuartel general de la nueva literatura. Boedo también tuvo lo suyo. Por
allí pasó Darwin, el famoso naturalista, rumbo a los mataderos de
Nueva Pompeya, por aquí anduvieron prohombres y ex hombres de la
política local e internacional, ases del futbol, glorias del teatro,
cancionistas y estrellas que conocieron en su hora el trueno de la
notoriedad. Pero nosotros queremos hablar de los escritores llamados de
Boedo.
¿Porqué precisamente de Boedo?. Ninguno de sus integrantes vivía
en el barrio, el director de la revista que daría nacimiento a la
empresa editorial llamada a difundir la labor de sus conmilitones, se
domiciliaba en Wilde, un pueblito de línea del sur. Elías Castelnuovo
era inquilino de un zaquizami enclavado a cinco pisos sobre el nivel de
la calle Sadi Carnot. Álvaro Yunque compartía con su madre y sus
hermanos una antigua casa porteña de la calle Estados Unidos 1824, en
cuya cuadra tenía de vecinos a tres notabilidades a las que hay que
referirse con la melancolía del aoristo: Juan B. Justo, Jaime
Yankelevich y Ernesto Morales. Gustavo Riccio vivía en la calle
Rivadavia 2014, Roberto Mariani en la Boca, cerca de la casa de Pedro
Juan Vignale, que no tardaría en trasladarse de la calle Lamadrid a
Villa Ballester y de Villa Ballester a Río de Janeiro, Luis Emilio Soto
en las inmediaciones de 15 de Noviembre y Solís, Leónidas Barletta en
Nazarre y Bolivia, Roberto Arlt en Flores, Lorenzo Stanchina en Villa
Devoto, Nicolás Olivari en Villa Crespo, Enrique Amorín en su Salto
natal, con recaladas en Montevideo y Buenos Aires. José Salas Subirat
en el taller de afilación de Garay y Solís, Aristóbulo Echegaray en
Monroe, un pueblo de la línea del ferrocarril Pacífico. Abel Rodriguez
en Rosario, Juan I. Cendoya en La Plata. Antonio Alejandro Gil en la
calle Santiago del Estero y Pedro Echague. José Sebastián Tallón en
un caserón de la calle Brasil 1388, y Clara Beter en las nubes. Hablo
de los boedistas de la primera época, de las etapas fundamentales. Y
no solo no eran vecinos de Boedo, sino que ni siquiera se reunían en
algunos de los innumerables cafés de la calle epónima.
- "Claridad" y "Los Pensadores"
Por otra parte conviene recordar que la editorial que luego los
prohijaría no nació en Boedo, sino en un tabuco de la calle Entre
Ríos 126. Más tarde Lorenzo Rañó les concedió un espacio en su
imprenta de la calle Independencia 3531, y cuando la revista cambió el
nombre fachendoso de "Los Pensadores" por el de
"Claridad", el grupo constituyó su sede definitiva en la
calle San José 1641, a pocas cuadras de la plaza Constitución. En
Boedo 837 tuvo asiento nominal la redacción de "Los
Pensadores" en sus salidas iniciales cuando era una publicación
destinada exclusivamente a difundir las grandes obras de la literatura
clásica y moderna, mucho antes de convertirse en el órgano de combate
de aquellos jóvenes de la generación del 22 a quienes el éxtasis y
los sentimientos ciegos del arte por el arte fueron siempre extraños.
¿A qué venía, pues, la etiqueta de marras? La intención del
bautista – en quien algunos creyeron reconocer a Enrique Gonzalez
Tuñón , cuya dicacidad era inagotable como su talento – fue
evidentemente burlona, despectiva. Al subrayar la procedencia de los
integrantes del grupo quiso decir que venían de extramuros, de la
suburra, que pertenecían al populacho. Lo notable del caso era que el
único habitante auténtico de Boedo era Gonzalez Tuñón, que vivía en
la calle Yapeyú, a dos cuadras de la popular arteria de cuyos cafés
era además uno de los más empedernidos habitués. Por su parte los de
Boedo trataban no menos peyorativamente a sus impugnadores, los
escritores agrupados alrededor del periódico "Martín Fierro"
llamándolos "los de Florida", transfiriendo al plano
literario, quizá sin proponérselo, el duelo histórico de la antigua
Roma entre patricios y plebeyos.
Mientras Florida implicaba el centro con todas sus ventajas:
comodidad, lujo, refinamiento, señoritismo, etcétera, etcétera, Boedo
venía a representar – para los de Florida – la periferia, el
arrabal con todas sus consecuencias: vulgaridad, sordidez, grosería,
limitaciones, etcétera. Florida, la obra; Boedo, la mano de obra. Para
sus detractores, por otra parte, la literatura de Boedo era ancillar,
estercórea, verrionda, palurda, subalterna, inflicionada de compromisos
políticos; y la de Florida: paramental, agenésica, decorativa,
delicuescente, anfibológica e inútil. Excesos verbales estos que
correspondían a las naturalezas ricas en fosfatos de los jóvenes
beligerantes que se resistían a reconocer afinidades y simpatías, pero
cuyo encono no hizo llegar nunca la sangre al río. (El enconamiento se
debe siempre a la falta de asepsia). Con el andar del tiempo, Enrique
González Tuñón y su hermano Raúl impregnarían su obra de un noble y
solevantado acento social, exaltarían el suburbio, pondrían su obra
bajo la advocación de Carriego, y ante la iniquidad desatada por el
nazifascismo se alinearían valientemente en las filas de los escritores
de Boedo, claramente definidos frente a las tiranías como fraguas de
servidumbre y barbarie que era necesario apagar y aplastar. Y como dato
curioso para los historiadores de mañana, conviene anotar que, Evar
Méndez, el fundador de "Martín Fierro" pronunciaría una
conferencia en nuestra Facultad de Filosofía y Letras celebrando, entre
otras cosas, la jerarquización operada en las masas obreras y
campesinas por obra de la estructura social vigente, en tanto Elías
Castelnuovo, uno de los hermes de Boedo, hablaría en 1952 en un salón
de la calle Florida, frente a un público de profesores eméritos y
señoritas beneméritas, presentado por un ex redactor de revistas
ultramontanas ad usum Delphini, con palabras en las que
cabrilleaba la felicidad sibilina de poder exhibir al gran novelista que
ayer nomás contrariaba a los concilios empeñado, a pesar suyo, en
conciliar los contrarios...
Pero si hubo contusos, desertores e hijos pródigos en ambos bandos,
es indiscutible que fue esa generación polarizada por Boedo y Florida
la que anticipó el renacimiento argentino sacudiendo de su marasmo la
vida intelectual del país. Pero vayamos por partes.
Cronológicamente, el grupo literario de Boedo apareció antes que
el de Florida. El primer número de "Martín Fierro" sale a la calle en febrero de 1924; el
primero de "Los Pensadores", en febrero de 1922. Conviene
aclarar antes de seguir adelante que el nombre de la revista no
implicaba un rasgo de petulante autosobrevaloración de sus
colaboradores. Se llamó así porque se limitaba, como ya los
señalamos, a publicar en cada número una obra maestra de la literatura
universal poniéndola al alcance de los lectores más modestos. El
ejemplar se vendía a veinte centavos.
Los pensadores no eran, pues, los muchachos de Boedo sino los
maestros del pensamiento nacional e internacional popularizados por la
revista. El primer número incluía un relato de Anatole France,
"Crainquebille", que ya había sido teatralizado por Samuel
Eichelbaum y llevado a un escenario criollo por Elías Alippi.
Los fundadores de la publicación fueron Antonio Zamora, un joven
español que cumplía su aprendizaje de andinista en la falda de
"La Montaña", y llegó a ocupar más tarde una banca en el
Senado de la provincia de Buenos Aires y a controlar un frigorífico en
la provincia de Córdoba, y Daniel C. de Rosa, encargado a la sazón de
la reventa de "Crítica". Un año después de Rosa se separaba
de la empresa y Zamora se convertía en deus ex machina de la misma
asesorado por el poeta Gustavo Riccio.
Riccio era un muchacho poseedor de una notable cultura general, un
poeta inclinado a la caricatura sin deformaciones ni crueldad, dueño de
una simpatía afectuosa que sabía dar a los transportes de la poesía y
aún de la amistad una cadencia entre nostálgica y desilusionada.
Melómano fervoroso, lector de varios idiomas vivos, se defendía
económicamente ayudando a su padre en la relojería de la calle
Rivadavia o llevando los libros de contabilidad de la Confitería del
Molino. Fue Riccio quien recomendó la mayor parte de los títulos
lanzados por "Claridad" hasta 1925 y fueron de su pluma los
prólogos y las presentaciones de los autores. También se debió a él
la iniciativa de la colección "Los Poetas" y la publicación
del primer libro de Álvaro Yunque, ese generoso y genesíaco
"Versos de la calle" que su autor había presentado con
anterioridad a un concurso de la Editorial Babel y cuyo jurado,
compuesto por Leopoldo Lugones, Rafael Alberto Arrieta y Arturo
Capdevila, desestimó inclinando sus preferencias por "El
Grillo" de Conrado Nalé Roxlo. Riccio, empero, no llegó a
integrar prácticamente el grupo de Boedo y ni siquiera fue
"Claridad" sino "Campana de Palo" quien publicó su
primer libro. Minado por un mal incurable, el autor de "Un poeta en
la ciudad" realizó en 1925 un viaje al Paraguay, de donde trajo
los originales de otra colección de poemas "Gringo Puraghei",
la salud más socavada y un deseo de soledad que se proponía dedicar a
la ordenación de sus papeles y sus sueños, melancólicamente
persuadido de que debía partir en plena juventud. Así fue. La vida de
Riccio se extinguió en la puerta misma de su casa el 6 de enero de
1927. Tenía apenas 26 años. Una calle de Flores recuerda hoy su
nombre. En ella vive el actor Roberto Escalada.
A fines de 1924 "Claridad" incorporó a sus colecciones una
más: la biblioteca "Los Nuevos". El primer título lo
constituyó una re edición de "Tinieblas", el vigoroso libro
de cuentos de Elías Castelnuovo, que había merecido el espaldarazo de
Roberto J. Payró y un premio municipal, cuando los premios municipales
de literatura significaban un galardón y no un escarnio. (El camarada
Juan Unamuno debe recordar que fuimos él y yo, cuando integramos los
jurados, quienes concedimos las codiciadas distinciones de entonces a
poetas de la envergadura de José Portogalo y a los prosistas de la
intensidad de Fernando Gilardi, amén de otras personalidades, a la
sazón en barbecho, confiadas en la humana sinceridad de su mensaje,
temeridad que no volvió a repetirse, pues últimamente el concurso se
había convertido en una repartija de cheques entre compañeros de pic
nic o de sacristía ...)
Castelnuovo no tardaría en ponerse a la cabeza del grupo que se fue
formando aluvionalmente como una provincia holandesa. ¿De dónde había
salido el autor de "Tinieblas" promovido de un modo fulminante
a la notoriedad apenas publicado su primer libro? Por de pronto, se
sabía que era uruguayo, como Lucio V. López, como Horacio Quiroga,
como no pocos escritores argentinos representativos. Hijo de padre
danés y madre italiana, corre por sus venas sangre de ahasvero, el
judío errante. También él se sintió impelido desde muchacho a la
existencia errante y difícil, a esos viajes a pie que recomendaba
Fernando González, el gran colombiano, a los escritores que algún día
utilizarían la pluma para contar lo que vieron con sus propios ojos y
no a transcribir experiencias ajenas. A los catorce años tenía
recorrido el Uruguay de extremo a extremo, a los veinte la Argentina, a
los veinticinco el Brasil. Conoció los oficios más inverosímiles ,
durmió en el tálamo de la miseria sin redención en la selva, en la
pampa, en la soledad más espantosa, allí donde la muerte es una cosa
blanca y sin color. Y pudo, como pocos, levantar el acta de acusación a
la sociedad, obstinada en aniquilar a los mejores. Antes de ponerse a
escribir se había llenado el alma de hechos, de imágenes y de llagas.
A los doce años vendía huevos por las calles de Montevideo. Luego fue
linyera, peón de albañil, mozo de cuadra, peón de saladero, aprendiz
de constructor, tipógrafo, linotipista. Este hermoso ejemplar humano, a
quien la vida no logró doblegar ni envilecer, se convierte, por propia
gravitación, en líder del movimiento de Boedo.
En las colecciones de "Los Pensadores" y
"Claridad" pueden rastrearse las centenares de páginas que escribió para ubicar su verdad, que era
la verdad de quien quería para sus semejantes, ante todo y sobre todo,
un mundo mejor. "El pueblo, la carne viva del pueblo, solo figura
en las estadísticas y en las crónicas policiales, escribirá en un
suelto anónimo que serviría de declaración de propósitos de la
Biblioteca "Los Nuevos". Salvo las excepciones que apuntamos
– Mariani, Yunque, Barletta, Amorim, Abel Rodríguez - , nuestra
literatura va de la calle Florida al Royal Keller, pasa por el rosedal
de Palermo y se acuesta en el Plaza Hotel. Con ventilador en verano; en
invierno con estufa. Es una elucubración de frigorífico, producto de
la poltronería chorotega. Nuestra literatura no camina de a pie como la
de Máximo Gorki; va en automóvil. Ella no va: la llevan como a un
paralítico. Es una literatura sin sangre. Por ningún lado se le ven
callos o deformidades propias del esfuerzo y la contracción. Jamás se
metió en las minas del interior o se ensució de grasa en los ingenios
o se desgarró la piel en las cosechas. Jamás entró en un sindicato o
en una fábrica. Jamás estuvo encarcelada por revolucionaria. Tras de
ser pomposa y vacía, fue siempre parcial y conservadora. Nuestra
literatura no vio jamás la tierra donde pisa. Si hay quienes ignoran la
vida nuestra, son, precisamente, aquellos que escriben la historia de
nuestra vida".
A Castelnuovo y a su grupo se les acusó de estar influídos por la
literatura rusa. Es curioso señalar que Raúl Scalabrini Ortiz, que
estaba entonces en la vereda de enfrente y fue uno de los corifeos del
nacionalismo " a rebrouse-poil", escribió en una
autobiografía que reputó una de las páginas más lúcidas de su
tiempo, estas afirmaciones que no pueden considerarse como ejercicios
sobre el alambre, sino arraigadas convicciones de un hombre de
pensamiento: " Yo creo que Buenos Aires tiene algo de ruso, en
resultados, con causas distintas, muy distintas. "Yama", por
ejemplo, es una novela argentina y lo son, asimismo, algunos pasajes de
"Humillados y ofendidos". Esa similitud es en dirección de
susceptibilidades, en recelo. Aunque no me gustan los cientificismos,
diría que el alma argentina es un producto químico no físico de sus
componentes. No ha conservado ninguna de las características de sus
progenitores".