Para Desmemoria Por Patricia
Pasquali*
En los últimos días del 2000 se encontró el
expediente judicial completo, obrante en el Archivo del Museo
Histórico Provincial de Rosario "Dr. Julio Marc", que lleva
Nº 84 sustanciado en el Juzgado Civil de dicha ciudad en cuya
carátula se lee: "1877. Don Agustín Arrotea. Sobre
nombramiento de tutor de su esposa" y en el que se declara
nada menos, luego de realizada las pericias del caso, a doña Joaquina
de Alvear –la citada consorte- "incapaz para administrar sus
bienes y demás actos de la vida civil", en virtud de encontrarse
"en estado de demencia calificada por de erotomanía habitual".
De Don José al ADN
Cuando a mediados de julio ppdo., a raíz de la
aparición de la biografía novelada Don José de José Ignacio
García Hamilton, quien con pluma ligera e irreverente trazaba la
degradada contracara de la imagen tradicional del Padre de la
Patria -presentándolo como un mestizo bastardo, que de joven
abusaba de la práctica del onanismo, siguiendo una carrera de
derrotas en el ejército español, receloso hasta la envidia, que no
servía para la política, ni respetaba el poder civil, opiómano, que
llegó a pelear ebrio, además de envolverse en diversos amoríos,
etc.-; se desató una inesperada polémica, a nuestro juicio inducida,
como parece demostrarlo la ostensible apelación a la vía del
escándalo.
Pronto el debate quedó centrado en la cuestión de
los orígenes del Libertador, puesto que el autor de marras se hacía
eco y difundía masivamente la versión –ya conocida y descalificada
entre los historiadores especialistas en temática sanmartiniana-
según la cual aquél habría sido hijo ilegítimo del capitán de
fragata de la armada española Diego de Alvear y de una aborígen
guaraní, Rosa Guarú. Transmitida por tradición oral a través de
varias generaciones en la familia Alvear, la fuente escrita en que se
sustentaba esa tesis era un manuscrito fechado en Rosario, el 22 de
enero de 1877 (repárese en la fecha), salido de la pluma de Joaquina
Alvear Quintanilla de Arrotea, que consistía en una cronología de
sus antepasados dedicada a sus hijos y descendientes. Allí
manifestaba con orgullo ser "sobrina carnal del general San
Martín, que tan brillantemente descollara en San Lorenzo, Chacabuco y
Maipú, por ser hijo natural de mi abuelo, el señor don Diego de
Alvear y Ponce de León, habido en una indígena correntina".
Más adelante, dedica otro párrafo al Libertador, al narrar su
encuentro con él en 1848.
El controvertido texto está inserto en un grueso
cuaderno con otras anotaciones que perteneció a la menciona señora y
que actualmente se encuentra en posesión del genealogista Diego
Herrera Vegas, tenaz sostenedor de la veracidad de su contenido, quien
apoyado en su tesis por Ramón Santamarina –descendiente de una de
las ramas de los Alvear- y por Hugo Chumbita, profesor de Derecho
Público en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, elevaron el
caso de la identidad de San Martín al Senado del Congreso de la
Nación, llegando a la desmesura de peticionar un estudio de ADN de
sus restos si no se consideraban suficientes "los documentos y
testimonios" por ellos aportados para acreditar su postura.
La polémica: argumentos y refutaciones
Los argumentos que repetidamente esgrimieron se
basaban en referencias vagas, insustanciales y fácilmente refutables.
En definitiva el escrito de Joaquina constituía la presunta evidencia
más sólida presentada; sin embargo, tampoco resistía la más
elemental crítica historiográfica, ni aún la del sentido común.
Siempre que se nos consultó al respecto recalcamos que se trataba de
un testimonio aislado que en sí mismo carecía de valor probatorio
documental; por lo tanto, para que fuera admisible debía ser
confrontado y corroborado por otros datos que resultasen concordantes.
Señalamos, además, que el general Carlos de Alvear, padre de
Joaquina y supuesto hermanastro de San Martín, quien luego de actuar
como protector y compañero de logia de éste último, pasó a
convertirse en su más feroz enemigo y llegó a hacer todo lo
imaginable para enlodar la imagen del Libertador –al extremo de
escribir un folleto biográfico anónimo en el que relataba
atrocidades de su vida pública y privada, solazándose en ilustrarlo
personalente, según consta en las Memorias del testigo ocular
Tomás de Iriarte, con caricaturas abominables que lo mostraban como
un tigre sangriento- obviamente no desaprovecharía la oportunidad de
utilizar un arma tan fulmínea contra su odiado ex cofrade haciendo
pública su pretendida condición de bastardo y sobre todo de mestizo
en una sociedad como la de la época en que los tuvo como
protagonistas, en la que tanto contaba la pureza de sangre. En cambio,
no sería de extrañar, que andando el tiempo, después del
alejamiento y la muerte de San Martín el mismo Alvear dejara deslizar
esa versión entre su familia a modo de postrer ataque a quien se
había ganado legítimamente los laureles de la gloria por él tan
ambicionados. No faltó alguno que nos replicara haciendo un símil
psicologizante de Caín y Abel. Es que a esas alturas el lamentable
cocktail entre historia y ficción estaba alcanzando los ribetes de un
culebrón mejicano.
Pero más allá de toda inducción o inferencia, lo
cierto es que un estudio cronológico-geográfico comparativo del
derrotero seguido por la familia compuesta por Gregoria Matorras y
Juan de San Martín con sus cinco hijos, la primera mujer y los
restantes varones; con los tiempos y lugares de actuación de Diego de
Alvear torna imposible su pretendida paternidad del Libertador. Desde
1775 los San Martín se trasladaron de Calera de las Vacas en Uruguay,
donde habían nacido sus tres primeros hijos, a Yapeyú, capital de
uno de los 4 distritos en que habían quedado divididas las antiguas
misiones jesuíticas, para el que don Juan había sido designado
teniente de gobernador. Allí nació en 1776 Justo Rufino y el 25 de
febrero 1778 José Francisco. Cabe aclarar que no queda duda alguna
acerca de la fecha de nacimiento de éste último: muchas de las
propias cartas personales del Libertador así lo comprueban. Cuando se
produjo su engendramiento, Alvear que había llegado al Plata en la
expedición al mando del primer virrey Pedro de Cevallos que tenía
por objetivo militar inmediato la toma y destrucción de Colonia de
Sacramento, desalojando a los portugueses de las tierras españolas,
permaneció allí en 1776 y en 1777 partió de Montevideo hacia
Florianópolis y Río de Janeiro, todos sitios bien alejado por cierto
de la actual localidad correntina que sirvió de suelo natal a San
Martín. Posteriormente, sí estuvo en las ex misiones con motivo de
comisionárselo para el trazado de límites en esa zona a la que
arribó a principios de 1784. Pero para entonces, los San Martín se
hallaban ya en España.
La impugnación final
Por si lo dicho no fuese suficiente, acaba de
aparecer el elemento que termina de invalidar el testimonio de
Joaquina de Alvear. Se trata del expediente que mencionamos al
comienzo, descubierto recientemente por un abogado sanmartiniano
aficionado a la historia, el doctor Víctor H. Nardiello, quien tuvo
la generosidad de entregarnos inmediatamente copia del mismo para que
diera a su estudio el curso que creyera conveniente, por opinar
saludablemente que la Historia la tienen que hacer los historiadores.
Como la polémica sobre la filiación de San Martín acaparó
espamódicamente la atención de los argentinos, quedando la cuestión
en puntos suspensivos, al abandonársela periodísticamente -como
suele suceder- por atender a otros sucesivos temas monopolizadores de
la opinión, creímos conveniente esfumar cualquier confusión que
ella pueda haber provocado y por tal motivo publicamos este artículo
en una prestigiosa revista especializada como Desmemoria, que
últimamente ha venido ocupándose sistemáticamente y con criterio
pluralista de las controversias suscitadas en torno al general José
de San Martín.
El 22 de octubre de 1877 a las diez de la mañana
se presentó don Agustín Arrotea, vecino de Rosario, ante el Juzgado
de Primera Instancia en lo civil y manifestó que "como es de
notoriedad que hace algún tiempo ha que mi legítima esposa Doña
Joaquina Alvear se encuentra en estado de incapacidad, enfermedad que
por desgracia la inhabilita para todo acto civil" y "en el
interés de la sociedad conyugal" constituida, por lo que
solicitaba que se le nombrase tutor y curador de la misma.
Enseguida, el juez Nicasio Marín dio vista del
caso al Defensor General, Manuel R. César, quien encontrando "de
suma gravedad el contenido de la solicitud", consideró que no
podía sustanciarsela debidamente "sin que la mencionada señora
sea ante todo representada y oída legalmente, por medio de un tutor
especial", prescribiendo que mientras tanto Arrotea presentase la
correspondiente partida de matrimonio. El 27 de octubre el interesado
obtuvo copia de la misma, la que se agrega al expediente el día 3 de
noviembre y en la que consta que el 7 de marzo de 1848 el vicario de
San José de Flores, D. Martín Boneo desposó a Agustín y Joaquina,
contando con la licencia del cura rector de la Catedral al Norte,
Antonio Rasore. Oficiaron de testigos el padre del novio, Manuel
Arrotea, y la madre de la novia, Carmen Quintanilla.
El 5 de noviembre de 1877 el juez Marín designó
tutor especial de Joaquina a Lisandro Paganini "por ligar a éste
vínculos de parentezco con dicha señora", quien aceptó
desempeñarse en tal carácter, pero no dejó de hacer la siguiente
manifestación: "sin embargo de constarme el estado de
incapacidad en que se encuentra la predicha señora, desde algunos
años atrás, creo indispensable para mejor garantía del nombramiento
pedir por el Sr. Arrotea que se proceda a un reconocimiento
facultativo". Concordó con este parecer el Defensor general por
lo cual se resolvió que estuvieran a cargo del mismo el médico de
Policía, Luis Vila, asociado al doctor Domingo Capdevila, propuesto
por el mencionado tutor. Del informe de estos últimos resultó
justificada la solicitud de Arrotea por comprobarse la insanía mental
de Joaquina, discerniéndosele el cargo de tutor y curador de su
esposa.
El significativo informe médico
Lo más interesante del expediente que venimos
comentando es el informe resultante del exámen médico legal
practicado a Joaquina de Alvear por los mencionados doctores con el
fin de "determinar si sus facultades intelectuales gozan de su
integridad normal". Al principio parecen encontrarse con
disfunciones poco notables: "En dos ocasiones distintas hemos
examinado a esta señora sometiéndola a un interrogatorio prolijo; no
hemos encontrado sino una ligera alteración de la memoria" y
agregan: "por lo demás, ella recuerda no sólo los hechos
culminantes de su vida, sino que también aquellos de poca
importancia, asignándoles con seguridad la fecha en que se han
producido". Pero de ahí en más comienzan a describir
vívidamente el estado de perturbación que la aqueja: "Su modo
de expresarse es fácil, elegante y lúcido, pero sus palabras son
dichas lentamente y en un tono declamatorio, tomando su rostro una
expresión de fijeza notable, pero que cambia repentinamente cuando
hace alguna confidencia". Se empieza a notar, pues, cierto
desequilibrio: "Hay en ella una afición desmedida a la
literatura; cada día ofrece algún nuevo trabajo que con el nombre de
Cuadros vivos dedica a personas que le están ligadas por el
parentezco, pero más especialmente a las que ocupan una posición
espectable, como el Papa, Thiers, etc. En todos estos escritos se
puede notar que hay una exaltación de la imaginación que llega hasta
constituir un estado morboso".
Obsérvese que entre esos singulares
"escritos" está la meneada genealogía en que hace
referencia al general San Martín antes mencionada, que data
precisamente del mismo año en que se realiza este informe. No deja de
ser sintomático al respecto lo que se dice con respecto a la
imaginación exaltada de Joaquina y su propensión a ligarse a las
figuras de notoriedad, lo que según se desprende de lo que continúa
parece ser una proyección de su propio egocentrismo: "Al leer
sus producciones repite a cada instante el alto concepto que tiene de
su inteligencia, se considera un genio que no puede ser comprendido
por las personas que la rodean".
Joaquina vive así abstraída de la realidad en el
mundo ilusorio que se ha forjado: "hay algunos sucesos ocurridos
que debían haber llamado su atención, si no porque le han sido
revelados por lo menos por la relación que existía entre algunos
hechos que le eran conocidos y otros que han estado ante su vista y en
los cuales no ha reparado, abstruida como se alla por una idea fija y
dominante. Hemos averiguado que en algunas ocasiones se han producido
alucionaciones de la vista y del oido, cree haber oído voces
extrañas que la invitaban a estar tranquila y en otras ocasiones ha
tenido apariciones que la exhortaban a lo mismo. Todas éstas no son
sino ilusiones sensoriales que revelan la exaltación de un cerebro
enfermo".
Finalmente se refieren en particular a la
monomanía erótica que ha hecho presa de ella: "esta señora es
víctima de una idea avasalladora, que ha perturbado profundamente sus
sentimientos y pervertido su juicio, busca constantemente un ser cuya
existencia es real, trata de ponerse en relación con él buscando su
amparo y protección sin tener en cuenta que los sacrificios que
pudiera hacerle podrían afectar hasta el honor; recurre a los medios
que le sugiere su imaginación para lograr su objeto sin recordar
que esta persona está ausente, lo que no debía ignorar por los
repetidos avisos que recibe y por la lectura de los periódicos que
tiene a su alcance". Queda así la intriga de quién es ese
personaje de cierta relevancia que la desvela. Los medicos concluyen
su evaluación considerando que "el estado mental de esta señora
no está en su integridad normal", hallándose bajo la influencia
de lo que los autores en medicina designan con el nombre de erotomanía,
"una forma de locura idiopática en que la imaginación es la
única alterada y que se traduce por un afecto excesivo hacia un
objeto real o imaginario".
Dicho estado de demencia por la que la justicia la
declaró incapaz para administrar sus bienes y demás actos de la vida
civil, es una prueba concluyente de la invalidez de su testimonio, lo
que sumado a los otros datos que hemos someramente mencionado deja
huérfana de todo fundamento a la versión sobre la filiación de San
Martín sostenida por Herrera Vega, Chumbita, Santamarina y difundida
por García Hamilton.
Creemos, pues, que el hallazgo de ese expediente
judicial justamente cuando estaba por culminar el 2000, declarado
oficialmente "año del Libertador General San Martín" por
conmemorarse en él el sesquicentenario de su fallecimiento, no pudo
ser más oportuno para poner fin a una polémica artificiosa, que sin
embargo –por la explotación mediática que se hizo de ella
dejándola en puntos suspensivos- logró captar hondamente la
atención de la opinión pública, que sin duda quedó en gran parte
convencida de la nueva filiación del "Padre de la Patria"
o, al menos, en duda. Es pues un acto de justicia hacia la memoria del
prócer a la vez que una tarea insoslayable tanto de los historiadores
como de los diversos medios gráficos difundir este nuevo aporte que
demuestra la inconsistencia de la fuente que sirvió de base a tal
versión, aunque debemos confesar con dolor que nos consta que no
todos lo interpretan así, empezando por uno de los principales
diarios de gran tirada a nivel nacional. Por nuestra parte, nos queda
la satisfacción del deber cumplido en la medida de nuestras
posibilidades, cerrando con este "broche de oro" –así lo
creemos- el merecido homenaje que nos propusimos rendirle al prócer
publicando sus cartas confidenciales dirigidas a su íntimo amigo
Tomás Guido que, libres de la más mínima pátina de bronce, lo
muestran en toda su conmovedora grandeza humana. Esas y otras misivas
de la misma índole constituyen la verdadera y legítima carta de
presentación de San Martín ante sus compatriotas americanos; no las
deformaciones, inferencias gratuitas y falsedades a designio
esgrimidas por los que apelan especulativamente a la vía del
escándalo para impactar con malas artes al desprevenido lector.
* La autora es doctora en Historia, investigadora
del Conicet, miembro correspondiente de la Academia Nacional de la
Historia y de la Academia Sanmartiniana. Ha escrito recientemente los
libros "San Martín. La fuerza de la misión y la soledad de la
gloria" (1999) y "San Martín Confidencial. La
correspondencia personal del Libertador con su amigo Tomás Guido.
1816-1849" (2000).